Sueños de África

Desde muy pequeñita, en el colegio, el colaborar en diferentes actividades para ayudar a los demás siempre me llamaba la atención.

Comencé cuidando a los niños de la guarde mientras dormían la siesta y cada vez, las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, me animaban a realizar otros servicios con un poquito más de implicación. Acabé el colegio y, mi interés por regalar mi tiempo a los demás, se hacía más intenso, por lo que a través de JMV, comencé por ir de voluntaria a campamentos, pero tenía necesidad de más, y me ofrecieron hacer un campo de trabajo con adultos discapacitados en el Pinar, un centro de Teruel. Cuando llegamos allí, solamente el cómo nos recibieron sin apenas conocernos de nada, me emocionó. Fuimos para navidades y verano durante varios años seguidos. Todos eran únicos y diferentes, nosotros solo preparábamos algunas actividades, pero lo que recibíamos era el doble: su cariño, su ilusión, su alegría. Era todo muy gratificante y cuando nos teníamos que despedir, …. buf, un nudo en la garganta aparecía, nos habían robado el corazón.

Durante el curso, aprovechábamos cualquier fin de semana para ir hasta Valencia, a un centro de menores, a disfrutar con los chavales unos días diferentes. Son chavales, en muchos casos, conflictivos por toda la realidad que han vivido pero es por ello, por lo que más nos llamaba la atención, que decidíamos volcarnos con ellos y transformar su dolor en dedicación exclusiva para su disfrute. Cuando nos despedíamos, nos daban las gracias con la “boca llena” por el tiempo que pasábamos con ellos.

misionera en africaAl cabo del tiempo, y viendo que esto se me hacía pequeño, decidí traerme a mi casa durante las vacaciones de navidad a una de las chavalas del centro para que pudiera disfrutar de unas navidades en familia y todo lo que ello implica.

La verdad es que todos estos servicios realizados, formaban parte de mi vida y de la de mi gente, puesto que animaba a cualquiera a participar. Para mí era algo que no podía faltar, me hacía crecer como persona y me hacía sentir muy feliz y, por ello, no me lo podía guardar solo para mí, tenía que compartirlo para que otros también pudieran enriquecerse de estas grandes vivencias.

En cuanto a esto último, comencé a invitar a los niños de los colegios de las Hijas de la Caridad a realizar visitas a residencias de ancianos y, aunque resultó complicado al principio, ahora participan muchísimos y arrastran consigo a sus padres, primos y demás familia. Qué alegría.

Este año pasado, y después de tantas experiencias de servicio, pensé que era el momento de lanzarme a otro nivel. De siempre me ha picado la curiosidad vivir durante un tiempo en un país empobrecido para conocer de cerca la realidad de los más necesitados. Así que, sin pensármelo dos veces, me empecé a mover. Sor Joaquina, una hermana a la que quiero con locura, me dijo que podía ir a una comunidad de ellas en Camerún y, me puse en contacto con la hermana superiora de allí. Me compré el billete, preparé todos los documentos pertinentes y, este sueño de África que veía tan lejano, se convirtió en realidad. No me lo podía creer, estaba en el avión, camino de la misión más esperada de mi vida.

Una vez allí, sin conocer a nadie, sin saber el idioma ni sus culturas, me vi envuelta en la más absoluta pobreza. Sus casas estaban hechas con barro y ramas. Sus ropas estaban rotas y sucias. Yo estuve en un centro de niños desnutridos, donde las mamás venían con sus bebés al límite de la muerte porque no tenían nada para alimentarlos. Se quedaban a vivir ahí hasta que sus hijos se recuperaban, aproximadamente un mes. Les poníamos vías con suero hasta que cogían fuerzas y después les enseñábamos a las mamás a prepararles la comida con lo que ellas tienen. Preparaban una papilla de mijo y les daban cuando el niño les pedía. También fomentábamos la higiene, ya que el cólera (enfermedad de las manos sucias) estaba llegando al poblado, pues teníamos cerca un brote muy peligroso, miles de personas ya se habían muerto. Además, una vez a la semana y, cuando el tiempo nos lo permitía, visitábamos los poblados para revisar la salud de los niños. Todos tenían el pelo rubio, signo de desnutrición, y el estómago hinchado. Les proporcionábamos vitaminas y les llevábamos alimentos básicos.

Durante ese tiempo, lo que más me llamó la atención, no era el problema del hambre, que era algo para lo que venía preparada, sino que desde los 3 años, trabajan en el campo, cuidando del ganado, de sus hermanos pequeños, etc. para conseguir algo de alimento que llevarse a la boca y un poco de dinero para comprarse el material para la escuela. En la comunidad en la que yo estaba, no les dábamos dinero porque muchos lo gastaban en pegamento para drogarse, sino que según lo que trabajaban, conseguían una cantidad que cambiábamos por el material de escuela directamente. No penséis en una mochila, rotuladores, libros, etc. Lo único que necesitaban era una mini-pizarra como cuaderno.

misionera hijas de la caridadCuando íbamos a la ciudad a por alimentos, teníamos que pasar por un puente por el que los camiones no cabían y por lo cuál, debían atravesar el río. Lo sorprendente fue, que como llovía mucho, había mucho caudal y en uno de los viajes, un camión volcó y con él, toda su mercancía. En estos casos, la gente que estaba por los campos, acudían enseguida a sacar la carga a lugar seco y el camión, ni idea de cómo lo levantaron, no tienen medios más que los humanos. Lo injusto es que esas pérdidas las tenía que abonar el propio conductor que no tenía nada, la empresa, no se responsabilizaba.

Mi experiencia en Camerún, fue muy importante para mí. La empecé sin saber nada y terminé comunicándome en su propia lengua y con pena de marcharme.

Si has leído esto, tienes vocación misionera y tienes miedo a dar el paso, no te preocupes, recibes más de lo que das y eso, es lo que te impulsa a volver de nuevo, a ver la vida de otra manera, a abrir los ojos a la realidad de lo humano y piensa que:

“No tenemos en nuestras manos las soluciones para los problemas del mundo;
pero para solucionar los problemas del mundo tenemos nuestras manos”(Mamerto Menapace)

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